Perdición y salvación: Mejillones y Antofagasta

Mi enamorada sostiene que hay ciertas personas sobre este planeta que poseen una bondad inacabable. Estas personas no lo saben pero el aura que emanan permite que otras personas sensibles a este tipo de fuerzas sientan su presencia. Muy aparte de cualquier creencia religiosa, ella los llama “ángeles” y ya se ha cruzado con varios en tiempos de necesidad. A muchos les puede parecer una simple coincidencia afortunada pero si alguna vez te llegas a cruzar con una de estas personas especiales te darías cuenta que es mucho más que eso. A mí finalmente me tocó conocer a dos en el camino.

Antes de salir de Iquique, había notado que la cadena estaba floja. Había demasiada holgura y saqué las herramientas para ajustarla un poco más. Di unas cuantas vueltas para comprobar que todo funcionara correctamente y satisfecho con el trabajo, volví a mi rutina diaria de Iquique, playa y amigos.

Todo marchaba bien sobre la ruta saliendo de la ciudad. Llegué a mitad de camino hasta Antofagasta y paré en un restaurante pequeño a almorzar. Al rato pararon dos Aprilias y sus dueños también se sentaron a comer. Estuve charlando con algunas personas sentadas a mi lado. Les conté del viaje y me desearon suerte, al igual que casi toda persona con la que me cruzo. Mientras me volvía a poner la casaca y el casco, un niño de otra mesa se acercó para preguntarme acerca de la moto. Se puso contentísimo cuando lo deje apretar los pedales y usar el acelerador (con la moto apagada, obviamente). Salí del restaurante y el chico, Franco, se quedó con una gran sonrisa mientras se despedía efusivamente.

Usando el conjunto completo

El sol descendía y me daba un compañero de ruta. La compañía era muy bienvenida. Siempre es bueno tener a alguien con quién comunicarse. Le hacía señas si veía que venía un camión en sentido contrario o si venía una camioneta por detrás. Nunca se quedaba atrás y si yo tenía que parar a descansar un rato me esperaba. Creo que le pondré Wilson a mi sombra.

A unos 150km de Antofagasta, mi destino para ese día, sentí a la moto toser. Pensé que tal vez sería una piedra que levanté con la llanta. Seguí andando, escuchando atentamente si volvía a suceder. Pasaron varios kilómetros y no lo volví a sentir hasta que volvió a suceder en rápida sucesión.

Clink.

Clink.

Clink.

Craaaack!

El motor seguía andando pero no jalaba nada. Los ojos se me quedaron abiertos. Me aterrorizaba imaginar el daño que había ocurrido. Traté de hacer algunos cambios pero el tablero mostraba que la caja de cambios estaba en neutro. No importaba qué cambio colocara, todo aparecía en neutro. Me hice a un costado de la carretera. Pensé que había reventado la caja de cambios como cuando subí ese cerro en Lima varios meses atrás. Me bajé de la moto para analizar el daño y encontré estas espantosas imágenes.

Lengua afueraLa cadena enrollada sobre sí misma. 

Al ajustar la cadena en Iquique, no había tomado en cuenta el peso adicional que le estaba cargando a la moto. Eso y la falta de lubricación ocasionaron que se reviente la cadena. Al igual que la manija del freno, era un repuesto que no estaba cargando. Eran casi las 6pm y estaba a unos 80km de Antofagasta. Empujarla ni siquiera era una opción remotamente viable. Empecé a señalar a las camionetas que pasaban para ver si podían llamar a un servicio de remolque. Al poco tiempo paró una familia en su pick-up roja. Habríamos podido subir la moto atrás si es que no estuvieran transportando un mueble y también si fuéramos por lo menos tres hombres. Empezaron a hacer algunas llamadas solicitando servicio pero su red de asistencia vial solo cubría vehículos de 4 ruedas. Eran otro tipo de grúas. El señor me ayudó a parar otros camiones. Me comentó que en Chile, los camioneros siempre estaban dispuestos a ayudar a la gente. Paró un tráiler enorme de Sodexo y les pregunté si podía subir la moto a la parte de atrás. Por un instante pensé que tenía una solución ya que se mostraron muy atentos pero lamentablemente el contenedor iba sellado por razones de seguridad. El camión siguió su camino. La familia se quedó conmigo por más de media hora tratando de parar a camionetas pick-up que iban vacías pero la gran mayoría iba llevando sillas y carpas y mesas que usaron para acampar durante Semana Santa.

Le agradecí a la familia que intentó ayudarme pero no quería retenerlos ahí. Ya habían hecho suficiente por mí. Me desearon suerte y me dijeron que si veían a algún carabinero en el camino, le dirían que estaba por ahí. Se fueron y al cabo de 15 minutos aparecieron las motos Aprilia que pararon en el mismo restaurante de Tocopilla. Uno de ellos tenía un amigo con una camioneta que casi siempre estaba en Mejillones, un pueblo a unos 10km de donde estaba. Hizo unas llamadas pero resultó que su amigo había dejado las llaves dentro de la camioneta. Ley de Murphy en acción.  No había más que pudieran hacer. Siguieron en su camino con la misma promesa que contactarían a un carabinero si llegaran a cruzarse con uno. Me quedaba media hora de sol. Ya lo veía empezando a sumergirse en el mar. Quité la cadena que se había enrollado en el marco. La verdad es que tuve mucha suerte que no se haya enganchado en nada. Podría haber trabado la rueda posterior y yo habría salido volando, la moto se habría volteado y los engranajes se habría deshecho. El daño pudo haber sido muchísimo peor. Aún así, esa idea no me subía los ánimos. No había nada que pudiera hacer. La impotencia de la situación me estaba llevando al borde de las lágrimas. No era que nadie me ayudara, sino que no podían. La primera camioneta que paró consideró atar una soga a la moto y remolcarla pero entre un accidente así y pasar la noche al lado de la carretera, preferí la alternativa donde yo pudiera conservar mi vida. Ya estaba resignado. Volteé y miré el desierto que tenía en frente, buscando un lugar plano para levantar mi carpa. A lo lejos, venía otra larga hilera de vehículos. Decidí hacer el último intento. Me paré junto a la moto, agarré la cadena con mi mano derecha y la levanté para que aquellos que pasaran, entendieran la magnitud de mi situación. Pasaron camionetas, autos, camiones y hasta una grúa. No pararon.

Bajé los brazos, exhausto, desganado. Iba a ser una noche complicada. Justo cuando empezaba a quitar los elásticos sentí unas luces que me iluminaban por detrás. Era la grúa. ¡Había regresado! No lo podía creer. De todos los vehículos que pasaron, finalmente se detuvo el más apropiado para ayudarme. Corrí hacia ellos y por primera vez vi lo que mi enamorada ve en sus “ángeles”. Apenas bajaron de la grúa pude ver en sus ojos la bondad inacabable y en sus sonrisas una gran entusiasmo por ayudar al prójimo. Raúl manejaba y operaba la grúa mientras Hector dirigía las maniobras. Les expliqué lo que había pasado, sonrieron e inmediatamente empezaron a buscar puntos firmes en la moto para levantarla a la grúa. Usando algunas sogas, levantamos la moto y la sujetamos a la grúa.

Don Raúl y Don Hector luego de cargar la moto.Una vez en la cabina, no había cómo ver si la moto seguía atrás pero me sentí bien protegido. Me contaron detalladamente su proceso de decisión para auxiliarme. Nos burlamos un poco y nos reímos bastante. Sobre todo ellos. Parecían estar más emocionados por haberme ayudado que yo por recibir la ayuda, y déjenme decirles que yo estaba en un estado de alivio y emoción nunca antes experimentado. Las lágrimas de desesperación e impotencia que estaba a punto de soltar se convertían en lágrimas de alegría.

Llegamos de noche a Mejillones, un pueblo cuya mayoría de habitantes trabajan en una grande planta eléctrica que provee de energía a la región. Descargamos la moto en la bodega de las grúas pero el supervisor les dijo que no se podía quedar ahí por razones de seguridad. Le dijimos que buscaríamos un hospedaje y que regresaríamos a sacar la moto. Raúl me acompañó hasta un hospedaje donde se quedan los trabajadores de la empresa y luego de conversar un poco me consiguió una habitación con cena y desayuno incluidos. ¡Qué maestro! Era como si me hubiera tocado la mejor persona del mundo para ayudarme en ese momento. Me explicó dónde tenía que buscar al mecánico a la mañana siguiente y que se no me daba solución, que camine por la avenida principal preguntando a los dueños de las camionetas si podrían llevarme hasta Antofagasta. Regresamos a buscar la moto y la empujamos hasta el hospedaje. Él se subió a ella mientras su amigo y yo empujábamos. Llegamos a mitad de camino cuando mis piernas ya no daban más. Empujarla el resto del camino fue más fácil ya que no tenía el peso extra encima pero realmente era lo mínimo que podía hacer por él, darle un paseo (aunque sea empujado) en la moto.

Es uno de mis deseos encontrarme con más gente como Raúl y Hector en el camino. Gente que cree que no hay honor más grande que ayudar al prójimo ni recompensa más valiosa que la felicidad generada por tus buenas obras.

Grande Raulito!

Cené en el mismo hospedaje y las chicas que trabajaban en la cocina susurraban entre ellas, seguramente preguntándose de dónde había salido. Estaba demasiado cansado como para sostener una conversación así que cuando terminé, subí a darme una ducha y tratar de leer un poco. Ni siquiera llegué a abrir el libro y cuando me desperté media hora después había un moretón en mi brazo donde la tapa del libro me había estado presionando.

La mañana siguiente, después del desayuno fui en busca del mecánico. Luego de esperar que llegara a su taller revisó la pieza y en una hora ya tenía una cadena completa, un eslabón más corta. Me tomó otros 40 minutos volver a colocarla y adelantar la llanta para que pudiera cerrar la cadena pero finalmente estaba lista. Di unas vueltas probando el agarre de la cadena y luego de esquivar a tres perros que trataron de morderme volví a empacar las cosas. Entré al hospedaje para despedirme de Toño, que fue tan amable de dejar que me quede ahí, y de las demás chicas que aparentemente estaban en su hora de descanso. Estaban tratando de decidir quién se iba a ir conmigo en el viaje. No podía cargar a nadie más así que lo justo era una sesión fotográfica con la moto, y vaya que sabían posar.

Un poco más provocador y esta foto terminaría en un calendario de taller de mecánica.

Antofagasta estaba a unos 60km de Mejillones. En afán de no forzar la cadena, reduje la velocidad a 80kph y todo marchaba bien. Ya tenía la dirección del taller en Antofagasta que tenía repuestos para mi moto y no podía esperar para llegar, hacer el mantenimiento y continuar con mi camino. Poco después de entrar a la carretera escuché un sonido de lo más desagradable.

Clink!

Me detuve inmediatamente, levanté la llanta trasera y me puse a revisar eslabón por eslabón si todavía mantenía la integridad. Parecía estar todo bien pero ese sonido jamás lo olvidaría. Bajé la velocidad a 50kph para estar más seguro. Pasando una base militar (donde estaba prohibido detenerse) volví a escuchar lo mismo. Clink. No quería que salieron guardias militares a hacerme mil preguntas por detenerme en frente de su base así que me hice al borde de la carretera y bajé la velocidad a 30kph. Clink. Clink. No podía más. Me detuve y me eché al piso para revisar la cadena otra vez. Hasta ahí todo bien pero esos soniditos eran un malísimo augurio. En total había recorrido unos 15km. Me volví a subir a la moto y fijé la velocidad que no me volvería a dar problemas de cadena.

¿Alguna vez han navegado una carretera a la cegante velocidad de 25kph? Es una aventura en sí misma. Una aventura muy, muy lenta. Me estaba quedando dormido de lo lento que avanzaba. Trataba de mantenerme concentrado contando los indicadores de kilómetros pero a esa velocidad, no pasan con mucha frecuencia. Sentí un gran alivio al llegar a la ciudad casi dos horas después pero el alivio fue poco duradero al enterarme que el taller que estaba buscando estaba al otro extremo de la ciudad. Me tomó otra hora hacer un trayecto de 20 minutos.

Cuando llegué al lugar me quería matar. Las puertas estaban cerradas. Era la hora de la siesta. Felizmente vi al mecánico al lado del edificio metiendo una moto al taller. Fui y hablé con él, le expliqué todo lo que había pasado y lo que necesitaba. Básicamente una cadena nueva y un cambio de aceite. Me dijo que regresara a eso de las 5:30pm que el tenía que ir al aeropuerto a buscar a “El Profe”. Le dije que no tenía a donde ir. Lo único que estaba buscando era hacerle el cambio para seguir con mi camino. Debo estar con mucha suerte últimamente porque Ricardo, el mecánico, accedió a trabajar en la moto hasta que tenga que ir al aeropuerto. El trabajo tomó más de lo esperado porque luego de sacar algunas piezas al lado de la caja de cambios realmente pude ver el daño interno que había ocasionado. El reventarse el eslabón debilitado, la cadena continuó hacia adentro con un efecto de látigo, partiendo en tres lugares la tapa del engranaje principal y moliendo los cables ubicados al costado. Los sonidos que escuchaba aleatoriamente eran los pedazos de la tapa que quedaron hacia adentro chocando con la cadena, causándole más daño.

La tapa reventada Los cables del sensor de cambios, prácticamente inutilizable.

Tuve que esperar que Ricardo regrese del aeropuerto para que termine el trabajo. Cuando regresó, lavó las piezas y las volvió a colocar, me dio algunos repuestos adicionales (eslabones de cadena en caso de emergencia). Un saludo y agradecimiento a Ricardo de la casa Cross Team Antofagasta. La cadena nueva esta funcionando de maravilla.

A todo esto ya eran las 8pm y no podía continuar manejando. Pasé por la tienda de Yamaha para buscar una latita de lubricante de cadena (obviamente necesario) y luego que me prestaran el teléfono para buscar algún hospedaje (de los cuales pocos contestaron) salí un busca de un hostal que aparecía en la guía que estoy llevando. Al llegar al supuesto lugar, uno de los vecino me explicó que el lugar que estaba buscando se había incendiado. Ni siquiera había información de ello en su página web. ¡Mal hecho, Chile Green Tours y Casa El Mosaico! Después de dar varias vueltas finalmente caí en un lugar decente aunque más caro de lo que esperaba, aunque después de tanta desgracia, merecía tratarme bien.

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luis tenorio

Luis es un ingeniero en eterna búsqueda de aventura. Actualmente se pasa la vida viajando por el mundo y escribiendo relatos y código fuente. Es el creador de Cartas del Mundo y Vuelta Sudamericana y el director informático de The Glutton's Digest.

4 thoughts on “Perdición y salvación: Mejillones y Antofagasta”

  1. Me inhibe un poco ser la primera en comentar pero me pareció que eso no era motivo suficiente para dejar de hacerlo. So, aquí va.

    El término “ángel” que usa tu novia no es particularmente de mi agrado dada mi agnosticidad. Sin embargo, se lo dejo pasar porque es gringa and saying someone is an angel doesn’t sound so awkward as it does sound to me in Spanish (I could even say someone is an angel). Anyhow… yo prefiero decir que hay gente que tiene un corazón de oro. De todas maneras, convengo todos hablamos de esa misma clase de gente.

    Recuerdo cuando te conocí en el aeropuerto de Reno, mientras todos igual de perdidos, equivocadamente así lo creía yo, esperábamos que vinieran a buscarnos. A priori hubo buena onda pero no fue sino hasta horas más tarde que el vínculo se consolidó. Para el lector que no tiene por qué saber de qué hablo, contaré brevemente que yo había llegado a USA la noche anterior y aún tenía muy a cuestas esa especie de invulnerabilidad de la que nos cuesta tanto deshacernos a los argentinos. El muchacho que nos pasó a buscar parecía copado y hasta nos llevó a comer algo de chatarra para darnos la bienvenida a su greasy country. Luego, al caer la noche llegamos a destino: un páramo en el medio de la fuckin nada donde mis compatriotas compañeras y yo descubrimos que la reserva de alojamiento era en efecto más importante de lo que habíamos juzgado a 20.000km de distancia unas semanas antes. Quiero aclarar que si bien había buena onda con las chicas (y hoy las cuento entre mis amigas), nos habíamos conocido sólo días antes, cuando no esa misma mañana, con lo cual yo me sentía tan desvalida como si estuviera en efecto sola. Al descubrir que no teníamos donde pasar la noche y que no había hoteles (no todo se arregla con dinero), el simpático muchacho que hasta ahí nos había llevado comenzó a mostrar la hilacha y cuando tuvo ocasión, huyó haciéndose el boludo. Pero el peruano con el que había charlado en el aeropuerto no fue a ningún lado. Él y sus amigos se cargaron a la espalda (figurativamente, obvio) la estupidez de un grupo de desconocidas y no descansaron sino hasta que, sólo valiéndose de la persuasión, lograron que una compatriota de ellos nos hiciera el favor de hacernos lugar en su diminuta habitación.

    Por suerte uno encuentra gente así now and then y, si tiene más suerte, logra conservarlos cerca 🙂 En un capítulo aparte cabría analizar el por qué estas experiencias suelen suceder cuando uno está en viaje, lejos de su contenedor entorno y cuando más las necesita, y qué barreras personales uno auto-derriba que permiten así que un completo desconocido sienta el deseo de ayudarnos.

  2. LUIS..
    que tal?
    sigo sus andansas mas de lo que ud se imagina…
    aunque no comento nunca.,,
    pero hoy estoy de humor jaja
    tampoco es qeu vaya a hacer un aporte muuuy importante con mi comentario…
    solo queria decir que estas eventualidades (a mi modo de ver las cosas) son parte del encanto de una viaje de estas caracteristicas..
    PARA ESO SOMOS JOVENES (todavia) jaja
    obvio.. no debio ser tan divertido en su momento.. pero a la distancia seguro recordaras esta anecdota como algo mas “bueno” que malo.
    para cuando lo esperamos por estos lares?
    aqui tiene hospedaje..
    y a ver si hacemos skydiving esta vuelta!
    en fin.. me despido y le deseo un viaje lleno de anecdotas
    EXITOS!

  3. Que bueno que conozcas gente así en tu viaje, de todas maneras ya estas aprendiendo tanto de mecanica que cunado regreses ya tu te encargas del mantenimiento de mi motito, sigue posteando man aquí seguimos la lucha contra el chaleco.

  4. Luki! probrecito!!! 🙁 me dio penita!

    espero que YA tengas todos los repuestos necesarios!

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