El inhóspito fin del mundo: Tierra del Fuego

Dejando atrás los malos momentos en Río Gallegos, me consoló enormemente el hecho que estábamos a meros pasos de entrar a Tierra del Fuego. A medio camino de la frontera tomamos un pequeño desvío hacia una laguna formada en un antiguo volcán. Al voltear a la derecha en el desvío el viento que nos había estado empujando desde el costado ahora venía desde adelante. Es preferible un viento que te frene a uno que te desestabilice. Solo tuvimos que recorrer unos 4km antes de llegar pero los vientos ahí parecían ser peores. Tuvimos que estacionar las motos de tal manera que el viento no las tire al piso y pese a nuestros mejores esfuerzos igual se pasaron el tiempo que estuvimos ahí tambaleándose. Igual valió la pena habernos detenido para ver la laguna.

 Me sentía como si estuviera volando. La Laguna Azul

El cruce de la frontera hacia Chile nos tomó cerca de una hora, no por lo complicado del proceso sino por la cantidad de pasajeros de buses que también tenían que hacer el trámite. Igual tuvimos el mismo problema con el viento cuando estacionamos afuera. Parecía que todo se iba a venir abajo y tuve que poner piedras debajo del parante para darle mayor estabilidad. Al quitarme la bufanda, que es bastante larga, quedaba prácticamente en posición horizontal en el aire por lo intenso que soplaba el viento. Nuevamente teníamos que estar manejando inclinados y esta vez pude capturar evidencia de lo que estábamos atravesando.

Flameante bandera completamente horizontal. Inclinándonos para ir recto.

Llegando al ferry encontramos una larguísima fila de autos, camiones y buses esperando ser transportados al otro lado. Nos estacionamos en la parte de atrás y yo fui caminando hacia adelante para averiguar dónde se hacía el pago y si era normal que haya tanta gente esperando. Un tipo estacionado al frente esperando a alguien que venga del otro lado me contó que el servicio estaba suspendido temporalmente por marea baja pero que en media hora iban a retomar los transportes. Por la forma que estaba vestido concluyó que estaba en moto y me dijo que pase adelante, junto a los primeros buses y que me iban a hacer pasar inmediatamente. Justo en eso, el ferry se asomó por detrás de unas rocas y era hora de apurarme si quería subir a tiempo. Regresé corriendo a la parte de atrás de la fila de autos y le dije a Fernando que podíamos pasar hacia adelante. Apenas llegamos al inicio de la línea de espera, el encargado de ordenar los vehículos nos hizo pasar a una esquina sin hacer preguntas. El problema era que no habíamos pagado nada todavía. Empezamos a buscar una caseta o puesto de cobranza en el barco pero no encontramos nada. Una vez que ya estábamos a pasando el Estrecho de Magallanes, asumimos que al otro lado habría un control donde podríamos hacer el pago pero tampoco encontramos dónde. Nos hicimos la idea que las motos viajaban gratis y continuamos hacia adelante, finalmente en la región más austral del mundo.

Esperando al ferry  Preocupados que la marea no bote a las motos. En medio del Estrecho de Magallanes De otro lado del Estrecho

Las condiciones no cambiaron en Tierra del Fuego. Yo me había imaginado algo similar a lo que los antiguos navegantes creían que existía en los confines del mundo: climas helados, tormentas y bestias peligrosas. Tal vez no con el mismo grado de ingenuidad pero definitivamente algo exótico. La verdad del caso era que esta isla era una extensión del mismo paisaje patagónico. El frío no cesó ni tampoco los vientos. Todavía nos observaban guanacos y ovejas y ocasionalmente una liebre. Estaba un poco decepcionado con el cambio que estaba esperando. Una travesía más intensa antes de llegar al final. Treinta kilómetros tierra adentro me empezaba a arrepentir de la intensidad adicional que había estado deseando. Después de parar en Cerro Sombrero comenzaban 111km de ripio en todo tipo de condiciones diferentes.

Bienvenido a Tierra del Fuego El viento deja su huella sobre la geografía de toda la región. Toda la vegetación está inclinada hacia el este. Ripio y más ripio. Encima pasando por rutas transitadas por camiones.

El primer tramo fue lo peor que habíamos encontrado hasta el momento. Teníamos dos caminos para escoger. Uno era el principal que era ligeramente más corto pero era transitado por camiones que levantaban mucho polvo dificultando la visibilidad. El otro camino era unos 7km más largo pero libre de camiones y supuestamente en las mismas condiciones. Fuerte énfasis en la palabra supuestamente. El ripio que nos tocó por ahí ni siquiera parecía ripio. Era como manejar por la orilla de una playa pedregosa. Era una gravilla muy suelta que constantemente nos hacía perder tracción causando que nos deslizáramos hacia las banquinas. Veinte kilómetros después llegamos a un cruce donde debimos tomar una decisión: seguir con la ruta menos recorrida con las esperanzas que mejore el camino o desviarnos hacia Cullen para volver a la otra ruta de los camiones. Siguiendo la lógica que si nos llegaba a pasar algo, tendríamos más suerte que alguien aparezca si transitábamos por una ruta más recorrida y que el paso de los camiones debería haber aplanado más el suelo. Nos desviamos hacia Cullen el mismo desvío ya parecía una carretera de primera. La tierra compactada era más lisa que el asfalto y volamos por este tramo a velocidades que no hubiéramos imaginado tomar sobre un camino de esta naturaleza. En una ocasión, un camión vino hacia nosotros y pasó tan cerca que podría haber tocado sus llantas simplemente estirando mis dedos del manubrio. No fue culpa suya ni nuestra la cercanía del paso. Simplemente, el camino era demasiado angosto. Posteriormente el camino se ensanchó pero también se deterioró un poco pero nunca llegó a ser como ese tramo inicial y nos felicitábamos por haber tomado la decisión de salir del camino alternativo.

No sabía qué hora era ni cuánto tiempo nos quedaba de luz. Todavía había sol pero mi sombra se extendía tan lejos que la cabeza pasaba el cerco del lado opuesto de la pista. El problema era que las estimaciones convencionales de hora basada en longitud de sombra no aplicaban a esta latitud. Mi sombra había estado sumamente larga por más de dos horas. Felizmente ya estábamos cerca de el puesto fronterizo de San Sebastián. Paré en una tiendita para comprarme un sandwich pero al ver todos los precios en pesos chilenos, me evité la molestia de estar haciendo conversiones y decidí comprar algo del lado argentino. Para mi mala suerte, del lado argentino no vendían nada. Me moría de hambre.

Cruzando a Argentina, volvimos a llenar tanques en la YPF, que tenía precios muchísimo más baratos que en Chile. Fue un gran alivio volver a pisar asfalto. Uno nunca le da la importancia que se merece. Después de pasar más de 100km de ripio, el asfalto se convierte en la visión más hermosa que se puede presenciar. Bueno, no tan hermosa como esto:

Carneeeeee

Estaba salivando al ver esa loma llena de enormes vacas. Nunca antes había salivado al ver un rumiante. Necesitaba comer pronto. No tuve que esperar mucho más ya que en una hora más ya habíamos llegado a Río Grande y nos fuimos directamente al hospedaje El Argentino, construido en uno de los edificios más antiguos de la ciudad. Ahí finalmente pude matar el hambre con uno de los especímenes vistos anteriormente. Mmmmm.

Una de las cosas que me gusta más es lograr que las que nuevas situaciones me sorprendan. Por eso trato de mantener mis planes de ruta y destinos simples. Averiguo un ruta general y ubico lugares dónde pasar la noche de antemano. No me gusta mucho ver fotos o videos de los lugares a los que estoy yendo para conservar la sensación de asombro cuando ves algo por primera vez. No me refiero a verlo en vivo después de mirar la foto, sino verlo por primera vez en todo sentido. La imagen que yo tenía de toda la isla de Tierra del Fuego era una extensión plana y que Ushuaia era un ciudad portuaria al final de todo ese llano. Estaba muy equivocado.

Esa mañana del 25 de abril nos había tocado cielos completamente nublados. Se había acabado la fiesta de días soleados y condiciones benignas. Ni bien salimos de Río Grande ya estaba pasando un frío terrible al que pensé que me había aclimatado por completo. Al igual que la altura, el calor, o la humedad, una persona también puede aclimatarse al frío. El día anterior ya no sentía la necesidad de parar cada hora para calentar mis manos sobre el motor. Sentía que mi cuerpo se había vuelto resistente a las bajas temperaturas pero ese día volví a sentir el mismo frío en mis dedos como una semana atrás. Mi único consuelo era que no teníamos que recorrer mucha distancia. Solamente 220km más hasta Ushuaia.

Los tipos que conocimos durante el desayuno en Río Grande nos habían advertido que tengamos mucho cuidado cuando estemos cerca de Ushuaia ya que la última subida se congelaba con frecuencia y una resbalada mala y terminaríamos al fondo del lago. Si encontrábamos hielo en el camino, lo más recomendable sería ir por el ripio de la banquina para tener mayor tracción. Poco a poco se me iba haciendo la idea que tendríamos que cruzar una montaña de tamaño considerable para llegar a Ushuaia. El entorno cambió de pastizales planos a bosques tenebrosos salidos de una película de terror hasta finalmente desembocar en el último desafío a superar para llegar a nuestro destino: el Paso Garibaldi.

De bosques en aparente agonía... ... a cumbres amenazantes...... a un paso mojado por las lluvias y nevados.  A punto de entrar a la boca del lobo.

Subimos lentamente evitando resbalarnos sobre la calzada mojada que podría estar congelada en algunas partes. Frecuentemente nos deteníamos para caminar sobre parches de diferente color para asegurarnos que no sea hielo. La lluvia había comenzado a caer al cruzar el lago ubicado antes de la subida y ahora caía con mayor fuerza. El hecho de no saber cuánto faltaba ni qué podríamos encontrar tras cada curva le daba un grado de aventura adicional al ya difícil camino del cual habíamos escuchado varias historias desafortunadas. Había nieve y hielo por donde mirabas. Sobre piedras, sobre árboles, sobre charcos, pero afortunadamente nunca sobre el camino. Lo único de lo que nos teníamos que cuidar era la lluvia sobre la pista y sobre nosotros. Así continuamos por una hora más hasta que en la distancia apareció el cartel que había estado esperando ver desde julio del año anterior. Esto marcaba un hito que jamás olvidaré.

 La emoción de la victoria.

Hace un poco más de un año y medio, el destino me colocó en una situación donde tuve que esperar tres horas expuesto al frío en las alturas andinas sin más protección que la ropa que llevaba puesta. De mi mochila saqué solamente un gorro y una bufanda y me senté sobre el piso de cemento contra una puerta de madera, abrazando mis piernas y respirando profunda y lentamente para evitar temblar mientras aguardaba la salida del sol. A mi izquierda, a unos 20 metros de distancia, había un cartel que era el único material de lectura que tenía durante esas tres horas. Sus palabras quedaron grabadas en mi mente. Adelantando el reloj hasta el presente, ahora estaba en el extremo opuesto de dicho cartel recordando el momento cuando me enteré la existencia de este lugar. Llevaba en mi bolsillo el mismo gorro que me ayudó a soportar el frío.

Una memoria de setiembre del 2008. Extremos opuestos, con una desviación de 50km. Bueeeeeno.

En ese entonces me encontraba en La Quiaca, frontera argentina con Bolivia y a pocos metros de donde me senté a esperar estaba el cartel que leía: Bienvenidos a La Quiaca – Ushuaia 5121km. Fue ahí que me enteré de la existencia de esta ciudad y no se me ocurría que dentro de tan poco tiempo estaría en la ciudad más austral del mundo. Mucho menos me habría pasado por la cabeza pensar que lo que me llevaría hasta ahí sería una moto de fabricación china, con un motor de 200cc, y de ninguna manera diseñada para aguantar los caminos que terminó atravesando. Una moto en la que pocos creyeron y que después de 18.183 km terminó ganándose justificadamente su nombre: La Inmortal.

La Inmortal en todo su esplendor frente al hito que le daría su nombre.

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luis tenorio

Luis es un ingeniero en eterna búsqueda de aventura. Actualmente se pasa la vida viajando por el mundo y escribiendo relatos y código fuente. Es el creador de Cartas del Mundo y Vuelta Sudamericana y el director informático de The Glutton's Digest.

3 thoughts on “El inhóspito fin del mundo: Tierra del Fuego”

  1. Felicidades, bellísimas las fotos y super entretenidas tus notas. Una mas de tus cualidades.
    No cabe duda sobrino, eres una caja de sorpresas y un espiritú libre. Felicidades¡¡¡¡

  2. Si que estoy sorprendido con la máquina que te llevó,lo más probable es que seas el primero en lograr una travesía tan larga en una moto china !Wow!.Mis respetos para la INMORTAL.

  3. I do not even know how I finished up here, however I thought this publish was
    great. I do not realize who you might be but certainly you are
    going to a well-known blogger when you are not already.
    Cheers!

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