Días de Ushuaia

Pasamos los siguientes cuatro días en el Freestyle Hostel de Ushuaia, posiblemente el mejor hostel en el que haya estado. Desde el momento que nos recibieron y nos dieron la bienvenida sabía que la iba a pasar bien. Con abrazo incluido, ya formábamos parte de la familia Freestyle. Nuestra habitación era un horno, el lugar más caluroso de todo el hostel pero se complementaba bien con el frío que hacía afuera. Durante el día dejábamos la puerta al patio abierta para establecer un balance de temperatura. La primera noche, cuando yo ya estaba sumido en un profundo sueño, el sonido de un golpe seco me despertó a medias. Asumí que el ruido fue producto de un sueño que estaba teniendo y me volví a dormir. Lo volví a escuchar un par de veces más pero todavía no estaba seguro si era real o parte de mi imaginación, como los ruidos afuera de mi carpa en el Desierto de Atacama. Un último suceso confirmó mis dudas. Fernando salió disparado de su cama y vi algo negro escabullirse por el piso. Me arrinconé al fondo de mi cama pensando que había una rata rondando el piso cálido del cuarto. Se volvió a mover entre las cortinas, sonó un clonk, y al no poder salir se escondió bajo una cama. Era un gato negro. Seguro se había metido durante el día y se quedó dormido sobre el piso con calefacción. No lo culpo, yo habría hecho lo mismo. Había estado tratando de salir durante la noche y cada vez terminaba chocándose con el vidrio de la puerta. Le abrimos la puerta y le tiramos una botella de agua vacía para que se anime a salir nuevamente. Nunca más supimos de él pero desde ese momento cuando dejábamos la puerta abierta poníamos algún tipo de tranca para que no entre nada. Me desperté temprano después de botar al gato y la vista del amanecer sobre Ushuaia era una nueva señal que vendrían buenos tiempos.

Ushuaia Sunrise

El día siguiente salimos dispuestos a realizar algún circuito turístico. Ya era hora de hacer alguna actividad turística normal. Reservamos un tour en yate por el Canal Beagle para la tarde y en la mañana salimos a recorrer los museos del Fin del Mundo y el Presidio. Cuando finalmente fuimos al puerto a embarcarnos en el tour del Beagle, nos dijeron que faltaba gente. Necesitaban por lo menos cuatro personas y solamente éramos los dos. Qué bajón. Tendríamos que regresar al día siguiente para ver si más gente se había inscrito. Nosotros queríamos hacer el recorrido del Parque Nacional al día siguiente. Para compensar el hecho nos dieron unos cupones para souvenirs gratis y una cerveza en el pub irlandés, pero el mejor dato de todos fue cuando les pregunté desde qué hora estaba abierto el Parque Nacional.

Y, el Parque Nacional nunca cierra en realidad. Lo que pasa es que el turno de los guardaparques en la entrada es de 8am hasta las 6pm, me parece.

– Ah. Entonces podemos ir a partir de las 8am.

No, no. Lo que te estoy diciendo es que vos podés ir más temprano y no es que el parque va a estar cerrado, sino que no va a haber nadie que te cobre la entrada. ¿Me entendés?

Me quedó perfectamente claro. La mañana siguiente nos despertamos a las 6:30am y con toda la flojera y frío del mundo nos alistamos para sacar las motos y entrar al parque que nunca está cerrado. Tras algunas dificultades de navegación por la oscuridad matutina (el sol no salía hasta las 8am), llegamos al parque y pasamos por la garita desatendida. En el camino vimos a cuatro turistas caminando en la misma dirección. Sin duda, habían recibido la misma información. El único problema de entrar por tu propia cuenta es que no tenías un mapa del lugar y así no sabías cuánto faltaba para llegar hasta el final. Pasamos carteles de distancia los cuales era obvio que estaban incorrectos luego de avanzar la distancia indicada. Todo valió la pena cuando llegamos a la Bahía de Lapataia, punto final definitivo de la Ruta 3 y la posición más austral a la que llegaría. Todo esto, todavía antes que salga el sol. Nos quedamos en el mirador de la bahía esperando que salga el sol, sentados sobre bancas congeladas mientras poco a poco se iba asomando por encima de los cerros del lado opuesto

Bahía Lapataia, más al sur en moto: imposible.

Esperando el amanecer.Efectos de la noche.

Bahía Lapataia en todo su esplendor.

El resto de la mañana la pasamos dando vueltas por el parque donde avistamos hermosos paisajes y una vida silvestre variada. El sujeto más curioso: un zorro que no dejaba de seguirnos, esperando que le diéramos un poco de comida pero aunque hubiéramos tenido comida, nos la habríamos comido nosotros.

Zorrito intentando hacer ojitos de Gato con Botas Aguilucho Colores de otoñoHasta los animales tenían sueño a esa hora  Nos metíamos por todos los senderos Castorera... pero con todos los castores dentro de la madriguera Laguna Verde. Daba unas ganas de darse un chapuzón en esas aguas.Laguna Negra. Era como la escena de la Historia Sin Fin donde muere el caballo en el pantano. :( A orillas del Lago Roca.  Con todas las ganas de quedarme a acampar.

Nos apuramos saliendo del parque para ver si se llegaba a cumplir la asistencia mínima para que zarpe el yate. Cinco minutos antes que salga pudimos embarcarnos y pasear por el Canal Beagle jugando con los lobos marinos, viendo el (mal llamado) Faro del Fin del Mundo, y caminando por la Isla Bridges. Todo esto mientras comíamos un rico quequito y alternando entre chocolates calientes y cervezas. Fue un buen paseo y sobre todo: muy entretenido.

Lobos corriendo las olas que iba dejando el yate. Junto a Fernando y Diego, el maestro parrillero. El Faro de Les Eclaireurs Cormoranes Lobo marino de dos pelos Peleas familiares... igual que en casa. :P Pajarito comecaca... de lobo marino. Conduciendo el yate con el sombrero oficial de capitán Surcando los mares Chelas y CormoranesAtardecer sobre la Isla Bridges. Al fondo a la izquierda: Ushuaia

Esa noche, nuestro nuevo amigo Diego se ofreció a preparar un asado para 25 personas (él se había ofrecido cuando eran solamente 4). Fue todo un éxito. La carne estuvo deliciosa y el sentimiento de fraternidad entre los presentes se notó. Habíamos juntado todas las mesas del comedor y nos sentamos en hilera y conversando entre todos. Esa noche la gente durmió satisfecha y la mañana siguiente no pudo haber sido mejor… por lo menos para mí.

El 28 de abril del 2010 fue un día frío, nublado y lluvioso. Yo había sacado mi moto del área techada para hacer espacio a la parrillada y ahora estaba empapada. Enhorabuena. ya estaba muy sucia y la lluvia se encargó de quitarle la mayor parte de la tierra de encima. Terminé pasando todo el día adentro del hostel hablando con amigos y familiares, preparando un almuerzo con las sobras del asado de la noche anterior, y conversando y conociendo a personas nuevas. Entre ellos estaba Sam, un neozelandés que había viajado desde Canadá en su moto y que después de pasar por Torres del Paine, regresaría a casa. También nos había alcanzado Charlie, un americano que conocí en Mendoza y con el que nos habíamos vuelto a cruzar en Bariloche. Había estado teniendo problemas eléctricos en su moto y por eso llegó después. Tras una conversación con ellos y una sesión de integración viendo programas de automóviles mientras tomábamos cervezas decidimos que deberíamos partir juntos hacia Chile. Un nuevo grupo de motociclistas de ruta acababa de nacer.

Published by

luis tenorio

Luis es un ingeniero en eterna búsqueda de aventura. Actualmente se pasa la vida viajando por el mundo y escribiendo relatos y código fuente. Es el creador de Cartas del Mundo y Vuelta Sudamericana y el director informático de The Glutton's Digest.