El retorno a las carreteras: Fin de semana en Paracas

Desempolvé mis botas, saqué mi bufanda azul del fondo de mi cajón y revisé la presión de mis llantas, nivel de aceite y tensión de la cadena. No había hecho ninguna de estas cosas durante muchísimo tiempo y no lo hacía ahora por una sensación de obligación hacia mi queridísima Inmortal. Lo hacía porque estaba a punto de salir nuevamente a la carretera hacia una nueva aventura. Una aventura pequeña en comparación a la Vuelta, pero una aventura no obstante.

Un mes antes, me llegó una invitación por Facebook para salir de gira el 3 y 4 de marzo a Paracas. Era un grupo de motociclistas que no conocía personalmente pero con los cuales me comunicaba de vez en cuando a través de los foros en Internet. Nunca antes había viajado con mentalidad de grupo. Cuando estuve viajando con Fernando, Charlie, y Sam, fue un consorcio improvisado. No teníamos ninguna regla ni pauta para viajar en grupo por lo cual terminamos separándonos durante largas distancias en más de una ocasión. Hasta llegamos a estar en países diferentes y sin comunicación debido a la falta de coordinación. Viajar en grupo significaba una experiencia nueva para mí y acepté la invitación.

Team Renegade, presente!

 

Conocí a los muchachos en el Campo de Marte, punto de encuentro de motociclistas desde antes de las marchas anti-chaleco. Cada uno se iba presentando a sí mismo y a su fiel acompañante, todas cromadas y relucientes. Así fui conociendo a todos mientras iban llegando de a pocos. Fue muy extraño sentirme como un novato en ese grupo cuando en realidad La Inmortal le llevaba alrededor de 30,000km a las demás motos. Al salir en fila con los demás me di cuenta que mi intuición era acertada y que todavía tenía mucho por aprender.

Para andar en grupo hay que estar más atento todavía. Tienes que guardar una distancia apropiada con el de adelante pero también tienes que estar revisando tus espejos viendo que los de atrás te estén siguiendo. Ya no eres una unidad aislada sino una pieza de una máquina más compleja. La salida de Lima Metropolitana fue un poco caótica debido al tráfico y el día a día de esquivar combis y camionetas que se creen dueñas de la pista. Pasando el peaje de Conchán las cosas se aliviaron y después de Asia ya era un verdadero placer y trajo muchas memorias de lo ocurrido dos años atrás. Recordé cómo me sentí pasando los peajes, la gente volteándose para mirar a un motociclista llevando equipaje y vestido como si se estuviera yendo a la luna. Recordé esa mezcla de temor y emoción por lanzarme a lo desconocido, intentando algo tan radical por primera vez.

Como si fuera la primera vez.

Tomamos el desvío a Mala para parar en un pequeño restaurante donde esperamos a un integrante más. El equipo completo consistía de Oscar (El Boss), Alejandro, Mauricio, Juan Carlos, Julio, Omar, Felipe, Carlos y yo. Una vez con las barrigas llenas de un suculento arroz con pollo, volvimos a la ruta con destino Paracas. La idea era entrar a la reserva y levantar un campamento en la playa La Mina. Entre las paradas para las fotos de rigor y la salida tardía de Lima se nos empezaba a escapar la luz del día. La figura de mi casi-olvidado compañero de viajes, Wilson, se hacía cada vez más larga. A la hora que llegamos al desvío para Paracas, ya estaba totalmente oscuro.

Cae la noche sobre el desvío a Paracas.Plaza de Paracas.Las bestias reunidas.

Una vez cuadrados todos en la plaza de Paracas tuvimos que tomar una decisión acerca de dónde íbamos a pasar la noche. Algunos seguíamos ilusionados con la idea de acampar en La Mina pero entrar a la reserva a esa hora y atravesar los arenales para llegar hasta allá sin luz iba a ser muy complicado. Bajo otras circunstancias, yo me habría mandado pero viajando en grupo se hace lo que quiere –y sobre todo puede– la mayoría. Además, había una muy buena razón para quedarse en el mismo pueblo de Paracas esa noche: la inauguración de la Fiesta de Paracas. Tres días de celebraciones en el boulevard donde ya se había armado un escenario. La programación para esa noche: música en vivo y un concurso de belleza en el cual se coronaría a Miss Paracas 2012. ¿Qué más se podía pedir?

Formamos dos grupos y empezamos a buscar hospedaje. Pusimos las 9 motos en un garaje y salimos en busca de habitaciones dentro del presupuesto austero que teníamos. De cajón eliminamos la opción de quedarnos en el DoubleTree Hilton de Paracas. Yo fui con Oscar y Juan Carlos a tocar puertas en hostales y hospedajes tratando de encontrar una habitación. Aparentemente el estereotipo de las pandillas de motociclistas que andan en sus Harleys causando desastres por donde pasen también existe (incomprensiblemente) en el Perú. En dos lugares distintos los dueños nos abrieron la puerta y al preguntarles si tenían habitaciones disponibles lo primero que hicieron fue mirarnos indiscretamente de arriba a abajo y luego darnos un rotundo NO. Me sentí discriminado. Felizmente Felipe encontró un hotel con un cuarto con nueve camas y nos fuimos todos para allá.

Después de haber pasado todos por la ducha (individualmente, por supuesto) salimos al boulevard a investigar la parranda local. Era un escenario pequeño pero la pasamos bien tomando cervezas, comiendo de carretas y viendo el muy pintoresco desfile de aspirantes a Miss Paracas 2012. Entre otras cosas notables que vimos hubo: un grupo de niños de 12 y 13 años con sus botellas de chela, un tipo que se estaba tratando de levantar a un travesti, y un policía llevándose a un ladrón a la comisaría. Un noche típica en la bahía de Paracas. Posteriormente, tengo un leve recuerdo de haber sostenido una profunda conversación filosófica con Julio, uno de los presentes. Lamentablemente los detalles de aquella conversación se me escapan. Atribuyo esta amnesia al cansancio y/o el ron.

La mañana siguiente nos despertamos a una hora que parecía ser demasiado temprano. Pese al cansancio de todos, nos propusimos disfrutar del día al máximo ya que esa misma tarde tendríamos que regresar a Lima y lidiar con el tráfico dominguero de proveniente de las playas. Después de un rápido y sobrevaluado desayuno, partimos hacia la reserva. Una vez adentro, apenas se acabó el asfalto fue donde realmente comenzó a ponerse bravo el paseo. Como era de esperarse, yo era el único que trataba a su fiel moto chopera como una motocross. Aceleraba sobre la arena y dejaba que las pequeñas dunas guíen mis llantas sin preocuparme de todas las veces que la rueda posterior se deslizaba hacia la izquierda y derecha. Los demás avanzaban a paso moderado (por no decir correcto para ese tipo de motos) cuidando la integridad de sus bestias y sus columnas. Yo revivía brevemente las intensas experiencias de las rutas de ripio de la Patagonia Argentina y el Chaco Boliviano. Estaba en mi salsa.

Entrando a la Reserva Natural.Poco a poco se desvanecía el asfalto.Nuestro propio Dakar.

Los que ya han ido a La Mina saben que justo antes de llegar hay una bajada bastante pronunciada para lo que recomiendan que solo bajen camionetas y no autos bajos ni mucho menos buses. Para una chopper como las nuestras el truco era bajarla en primera sin frenar. Al frenar, se bloqueaban las llantas y se resbalaban sobre la tierra y uno terminaba en el piso. El problema era que sin mucha experiencia en este tipo de terrenos tu primer instinto es frenar cuando sientes que estás perdiendo el control. Por eso tuvimos algunas escenas como esta:

Man down!

Los que finalmente no se animaron a bajar por ahí inteligentemente encontraron otro camino mucho más accesible para poder llegar. Una vez abajo, armamos una de las carpas en una esquina y pasamos las siguientes 2-3 horas disfrutando de una muy merecida playa.

En el mar la vida es más sabrosa.

Salir de la reserva fue igual de divertido. Esta vez, todo el grupo ya se sentía más confiado para agarrar un poco de velocidad por la tierra y arena y sentir las deslizadas por el terreno inestable. Fue la mejor parte de la gira y pese a la mayor exigencia física se notaba la alegría en la cara de todos.

Postales desde Paracas.Regresando de La Mina.Cielo y arena.

Team Renegade conquistando Paracas.

Una vez fuera de Paracas, hicimos una breve parada en Pisco para llenar tanques y revisar llantas. Girando sobre la avenida principal fue donde tuve un pequeño percance. Yo llevaba mi cámara y mp3 en un canguro que iba amarrado al manubrio. Solía llevarlo ahí porque es conveniente para tenerlo rápidamente accesible y porque no tengo un tankbag. El problema es que en raras ocasiones, el canguro se desliza sobre el tanque y se queda prensado entre el manubrio y tanque, evitando poder voltear a bajas velocidades. En esta ocasión en particular casi me voy de frente sobre la avenida por lo que tuve que jalar con más fuerza para poder voltear. El resultado fue que aplasté mi cámara. Por suerte, el factor shock-resistant sí fue útil. La carcasa se partió y la pantalla se quebró pero seguía tomando fotos sin problemas, aunque dudo que mantenga su capacidad de ser sumergible.

De regreso fuimos por la carretera en fila única aprovechando todo el espacio que teníamos. Iba todo bien hasta que pasamos y salimos de Chincha donde nos empezó a caer un espesa neblina que no solo limitaba la visibilidad a unos 50m sino que trajo un frío imprevisto que no habría sido problema si es que el cierre de mi casaca hubiese funcionado. Tuve que hacer casi todo el regreso a Lima con una mano sobre el mango del acelerador y la otra haciendo un puño sobre mi pecho para poder cerrar la casaca. Mucho más tarde me di cuenta que habría sido mejor parar un rato para ponerme la casaca al revés.

Apareció de la nada.Teníamos la carretera para nosotros solitos.

En el viaje de regreso íbamos en formación casi militar. Cuando la cabeza indicaba fila de uno, nos poníamos de a uno. Cuando indicaba de a dos, nos colocábamos en parejas. Todas las señales se entendían perfectamente y se pasaban de adelante hacia atrás. Bache a la izquierda, bache a la derecha, bajen la velocidad, adelanten los camiones. Funcionábamos como una máquina de alta precisión y se mantuvo esta eficiencia hasta la altura de Chilca cuando el tráfico comenzó a espesarse. Nos pusimos en formación de parejas tratando de crear nuestro propio espacio inquebrantable en la pista. Fue ahí cuando el esquema se empezó a desmoronar. El tráfico aparentemente estaba creando una ansiedad en algunos y se fueron de largo, adelantando carros y dejando al grupo atrás. Los que sí mantuvimos la formación eventualmente llegamos juntos a Lima. Al llegar mi salida, toqué la bocina varias veces y me despedí de todos mientras ellos siguieron su camino.

Estoy seguro que esta salida será la primera de muchas con los Renegados.

De izquierda a derecha: Omar, Juan Carlos, Julio, Mauricio, Carlos, Luis, Felipe, Alejandro, Oscar

Fin

* Las fotos con marco son cortesía de Alejandro Rodríguez. ¡Muchas gracias, Alejandro!

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luis tenorio

Luis es un ingeniero en eterna búsqueda de aventura. Actualmente se pasa la vida viajando por el mundo y escribiendo relatos y código fuente. Es el creador de Cartas del Mundo y Vuelta Sudamericana y el director informático de The Glutton's Digest.

4 thoughts on “El retorno a las carreteras: Fin de semana en Paracas”

  1. …Gracias lucho… me hiciste recordar todas las anécdotas del viaje, excelente blog, has descrito con mucha precisión la aventura motera de paracas.. Al parecer la proxima salida sera pozuzo, esperemos llegar a buen acuerdo de grupo… Gracias por ello.. Un abrazo motero…!! Y un saludo a todos los muchachones del tean renegade..!!

  2. Fue una linda travesía…la próxima travesía playera podría ser a las hermosas playas de huarmey y casma…un abrazo Lucho…nos vemos pronto!

  3. Uds. son lo maximo…estuvo muy divertido e interesante el relato sobre la salida a paracas…me rei mucho y me emocione bastante..espero alguna vez poder pertenecer a su grupo de salidas aunque mi moto no es chopera pero creo que puedo viajar con ella…

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